A la hora de las batallas...
A la hora de las batallas... Hay tantas de ellas.. Las hay enormes y pequeñas, vitales e intrascendentes, publicas y privadas, las hay sangrientas, interminables, desesperantes y las hay las que a duras penas pueden ser consideradas batallas.
En el sentido arcaico de la palabra y el concepto "Hombre", el de clara connotación machista, uno se "hacia" Hombre en la Batalla. Muchos son los que aún piensan que esas batallas construyen esa versión de la masculinidad. Tantos otros aún sostienen que es el Servicio Militar el lugar de la salvación del género. Lógica que culmina en la Guerra vista como el fenómeno por excelencia para la producción de "machos".
La sensibilidad no era ni debía ser un atributo de esos Hombres. La frialdad los convertía en perfectas maquinas con precisos objetivos. Orgullo. Honor. Eran las palabras preferidas. La protección de su familia la excusa ideal. También le podríamos llamar la hembra y sus crías en lo que respecta a esos "machos" pero "Familia" queda más bonito. Eufemismo llamémosle. Eufemismo para tapar la animalización del ser humano. Porque todos sabemos que unos y otros se distinguen por el nivel de racionalidad, mas no por el nivel de sensibilidad. Extraña por demás esa construcción del macho en la que confluyen la insensibilidad humana y la irracionalidad animal. Lo peor de ambos mundos.
No soy de esos "machos". Me gusta la gente afectiva que sabe demostrar lo que siente. Trato de ser así, no siempre lo logro pero lo intento. Aún así, en esa concepción arcaica de "Hombre" creo que estaría a la altura. En esa visión del Hombre como el protector, como el temerario yo creo que me podría defender. Tal vez no temerario, pero si valiente, y eso vale más. Seria capaz de pelear esas batallas, sería capaz de defender a los míos, seria capaz de dar la vida y, si fuera necesario, también seria capaz de quitarla. No me acobardaría en un momento de crisis. No se porque lo presiento con esa seguridad sin nunca haberlo vivido pero no creo estar equivocado. Sin embargo, en el día a día, en las batallas insignificantes de la cotidianeidad, no logro ser ese "macho" frío, arcaico y medieval que sale a pelearla sin importar lo que tenga en frente. Frente a una puerta de la facultad, frente a un dialogo cualquiera, frente a esa persona que me resulta interesante y me muero por conocer mas, que me muero por robarle un beso... me acobardo. Odio la palabra. "cobardía". Debe ser uno de los peores defectos. Y nada más estúpido que ese defecto predomine en la rutina de una persona. Que determine el ciclo de monotonía al que siempre termino atado. Porque ni siquiera se es un gran cobarde no, se es un cobarde menor, insignificante. No es la cobardía del que llora escondido en un campo de batalla, no es la cobardía del que le escapa a los puños de un adversario, no es la cobardía del que queda paralizado cuando debe defender a las personas que quiere. No. No es esa mi cobardía. Mi cobardía es incomprensible, injustificable, realmente irritante. Por supuesto que "malograr tu propia vida es un derecho inalienable" pero Amelie venció esa cobardía. Abrió la puerta dispuesta a correr detrás de esa oportunidad. Yo me quede mirando por la ventana. Odio la palabra. Es enorme. Incluso para mí. No es una palabra menor, no es un defecto menor, tal vez este siendo muy duro y este equivocado, no se si es la palabra adecuada pero cuando ella me saluda y a mi se me traban los pensamientos, la única explicación radica en esa avasallante palabra. A la hora de las batallas del día a día, la palabra... es cobardía..
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